Voz de marzo: Clara Campoamor

Voz de marzo: Clara Campoamor

 

 

Podríamos decir que Clara Campoamor es uno de mis “imperios romanos”. Al menos una vez a la semana pienso en cómo era su vida y me la imagino defendiendo el sufragio universal en el Congreso. Quizá aquí me dejo llevar un poco por el dramatismo y la visualizo casi levantándose de su escaño, discutiendo con vehemencia. No sé por qué, pero le pega esa intensidad.

A veces me acuerdo de ella cuando, incluso hoy, me cuesta aplicar la perspectiva de género en conversaciones cotidianas o sostener ciertas posturas que, en teoría, ya deberían estar asumidas. Y entonces me sorprendo pensando: si ahora, en un contexto mucho más favorable, todavía nos incomoda posicionarnos, ¿cómo debió de ser hacerlo en 1931?

Por eso me impresiona tanto. No se quedó en pequeños gestos ni en una coherencia privada. Llevó su convicción al espacio público, al máximo nivel institucional, y la defendió hasta el final. No fue solo una actitud personal: fue una decisión política que terminó cambiando la vida de todas las mujeres españolas. Gracias a esa firmeza, hoy votamos.

Si hubiera dependido de actitudes más cómodas o estratégicas, quizá España se habría quedado en aquella fórmula limitada que se insinuó durante la dictadura de Primo de Rivera: un voto femenino restringido y condicionado que nunca llegó a consolidarse plenamente.

Quiero profundizar un poco más en su vida y entender qué hizo exactamente y por qué le debemos tanto. Intentaré hacerlo de forma breve y clara.

Desde joven trabajó tras la muerte de su padre. A base de esfuerzo consiguió formarse, acceder a la universidad y convertirse en abogada en una época en la que muy pocas mujeres lo lograban.

En 1931 se proclamó la Segunda República y se convocaron elecciones a Cortes Constituyentes. Clara Campoamor fue elegida diputada. Durante la redacción de la Constitución defendió el sufragio femenino argumentando que las mujeres eran sujetos morales y políticos en igualdad con los hombres.

El debate fue intenso. Uno de los enfrentamientos más conocidos fue el que mantuvo con Victoria Kent, también diputada y feminista. Kent no se oponía al voto femenino como principio, pero consideraba que debía aplazarse. Pensaba que muchas mujeres estaban todavía demasiado influenciadas por la Iglesia y por el entorno familiar y que necesitaban tiempo dentro del nuevo régimen republicano antes de ejercer el voto con plena autonomía.

Campoamor sostuvo lo contrario: los derechos no se conceden cuando convienen políticamente, sino porque corresponden por justicia. No había más discusión ni más justificación posible.

Finalmente, el 1 de octubre de 1931 el artículo que reconocía el sufragio femenino fue aprobado por 161 votos a favor frente a 122 en contra.

Las mujeres votarían por primera vez en 1933. Paradójicamente, ella no consiguió escaño en esas elecciones. Poco después, con el estallido de la Guerra Civil, tuvo que marcharse al exilio.

A Clara Campoamor no le gustaba que la calificaran de excepcional, porque eso implicaba que las demás mujeres no podían serlo. Y, sin embargo, resulta inevitable preguntarse qué fuerza interior tuvo que reunir para enfrentarse a su propio partido, a buena parte de la Cámara y a una sociedad que aún no estaba preparada para escucharla.

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